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Empecemos por deshacer el bulo de la sobremesa: la eñe no es una letra exclusivamente española, ni siquiera exclusivamente del castellano. Se escribe en gallego, en asturiano, en aragonés, en euskera, en filipino, en guaraní, en quechua, en aimara, en mapuche y en wólof.
Lo que sí es de aquí es el empeño. En abril de 1993 el Gobierno publicó un real decreto entero para que ninguna máquina de escribir vendida en España pudiera venir sin ella. Y de paso salvó los signos de apertura, que también son cosa nuestra.
El origen de la letra es más humilde que la leyenda. Castilla escribía la nasal palatal con dos enes seguidas, anno, igual que escribía la lateral con dos eles, valle. Los escribanos medievales tenían un signo para ahorrarse la ene que se repetía, una rayita encima, y esa rayita acabó pegada a la letra hasta dejar de ser una abreviatura para ser parte de ella. La eñe nació de la pereza de un copista y terminó en el Boletín Oficial del Estado.
«Todos los aparatos de funcionamiento mecánico, eléctrico o electrónico, que se utilicen para la escritura, grabación, impresión, retransmisión de información y transmisión de datos, y que se vendan en España, deberán incorporar la letra <ñ> y los signos de apertura de interrogación y de exclamación.»
Real Decreto 564/1993, de 16 de abril, artículo 1. BOE núm. 97, de 23 de abril de 1993, página 12044. Texto en el BOE.
Sobre el nacimiento de la letra: Hiroto Ueda rastreó unos 2.000 documentos notariales de los siglos XIII a XVII y sitúa en los dos últimos siglos de la Edad Media el momento en que la forma abreviada deja de alternar con la ene doble y se comporta ya como un signo propio.
Hiroto Ueda (Universidad de Tokio), «La letra eñe en el español medieval y moderno», Seminario Internacional Dinámicas de contacto: español y lenguas amerindias, Universidad de Tokio, noviembre de 2015. PDF.
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